Recuerdos ajenos de la guerra

Recuerdos ajenos de la guerra


Para mi madre

Durante la 2ª Guerra Mundial, una de mis bisabuelas estuvo a favor de las fuerzas del Eje: “¡Ya los llevan para atrás!”, festejaba, mientras escuchaba las noticias en la radio, según lo contó mi abuelo (y luego, mi madre).

Desde que le escuché esa anécdota a mi abuelo y a mi madre, quise saber cómo una descendiente de paupérrimos emigrados valencianos —campesinos que dejaron todo y que cruzaron el Atlántico para “hacer la América”, que llegaron a la árida Coahuila, acaso a finales del s. XVIII o principios del XIX— pudo festejar los avances del ejército nazi en la Europa civilizada y celebrar las derrotas de las fuerzas aliadas.

Mi bisabuela nunca me conoció. Murió antes de que mis padres se casaran, durante la Semana Santa de 1959. Fue una buena y cariñosa abuela con mi madre. Así que, no sé si para justificarla, me he construido al menos un par de respuestas, que para mí explican su error de entonces.

Esta, personal: mi bisabuela nació durante el último tercio del s. XIX y las figuras de autoridad que reconoció toda su vida fueron siempre los hombres fuertes, como don Porfirio Díaz, entonces presidente de México. Adolph Hitler era un “hombre fuerte”.

Y esta otra, íntima y quizá más importante: mi bisabuelo, su marido, que fue bilingüe y contador titulado en EE.UU., trabajó para una empresa de capital mayoritariamente estadounidense —la American Smelting and Refining Company, una minera que operaba en Coahuila—, de la que fue injustamente despedido bajo falsas acusaciones de fraude. Ese pequeño escándalo, que en Saltillo fue grande entonces, obligó a la familia a emigrar a la ciudad de México, buscando mejores oportunidades. Pero a la bisabuela le generó un profundo resentimiento en contra de los gringos y de sus propios paisanos, que les dieron la espalda. Nunca más regresó a su patria chica.

“Vamos a Saltillo, Enriqueta… ¡Ahí está enterrado tu ombligo!…”, le solía decir su marido, mi bisabuelo Federico, invitándola a viajar de vuelta. Pero la bisabuela, orgullosa y resentida, nunca regresó a su tierra. Fue su manera de condenar a esa sociedad pequeñoburguesa de provincias; fue su forma de denunciar en silencio la injusticia que la obligó a emigrar a la capital. Y sin embargo, por esa desgracia, mis abuelos pudieron conocerse en el DF. Y por eso nació mi madre.

Imágenes nunca vistas

La bisabuela barría su traspatio por las mañanas y atendía las jaulas de sus pájaros (gorriones, periquitos australianos). Llevaba una bolsita de tela atada a su cintura, de donde sacaba el tabaco para hacerse sus cigarros de hoja. Puedo imaginarla ahí, pequeñita y frágil, fumando plácidamente y recibiendo el sol de la mañana sobre su piel blanca y valenciana. ¿Pensaba en su terruño, en sus días de juventud y en su familia? ¿Recordaba a sus padres y a sus hermanas y hermanos, esa vida tranquila de provincias a principios del s. XX, “cuando don Porfirio era presidente y Dios era omnipotente”?

En la familia eran legendarias sus tortillas de harina y también ese chorizo con sabor de altiplano, que ella molía y preparaba con comino, embutía en tripa y que secaba en los cables tendidos de esa misma zotehuela. Si no la conocí, sí sé de ella por las recetas que preparaba su hija, mi abuela: un arroz que nunca más he probado, un guiso de papas y carne de cerdo en adobo norteño, un pastel de naranja cubierto de mermelada de chabacano y nuez molida, el arroz con leche y canela, los tamales dulces con piñones, las galletas de naranja y, claro, las tortillas de harina hechas con manteca.

Normalista graduada, Enriqueta Padilla murió en abril de 1959, era Semana Santa. “No te cases, m’hijita —le decía a mi madre, de 17 años—. Estás muy chiquita.” Pero mi madre se casó.

Nunca la conocí ni me conoció. Sólo vi un hermoso retrato de ella: la pequeña y delicada acuarela, seguramente pintada siguiendo los trazos de una instantánea —breve isla de azules y verdes sobre una mesa con fotografías en casa de mis padres, su cabello castaño recogido en chongo. Su perfil me fascinaba.

Quiero imaginar que de ella heredé mi vocación de maestro y que, por eso y por haber querido tanto a mi madre, le estaré agradecido siempre.

Buenos y malos

La guerra, a veces, nos obliga a tomar bando: uno u otro, o con melón o con sandía. Siempre creemos estar del lado de “los buenos” y en contra de “los malos”. Pero buenos o malos, lo sabemos, serán definidos por el vencedor, quien reescribe la historia. Si lo dudan, pregúntenle hoy a un ruso.

¿Cómo saber?

Hay un compás moral que siempre apunta a un norte fijo: la dignidad humana, el respeto al más débil, el honrar al enemigo, el ser magnánimo en la victoria y humilde en la derrota.

Este norte fijo reconoce de facto que estamos de paso, que no somos sino un eslabón más en la cadena de la vida.

Por eso he recordado a mi bisabuela, equivocada en sus veleidades pangermánicas, acertada en su nutriente herencia valenciana y norteña. Deshecho su error y me quedo con su parte nutriente, pero no dejo de recordarme que nadie está a salvo de cometer errores, aunque sean minúsculos.

Su admiración por Alemania quizá la he traducido en mi admiración por los filósofos de habla germana, desde Kant hasta Heidegger (que también fue condenado por ser pro-nazi). Pero no he normalizado ni la barbarie ni el Holocausto. Tampoco lo haré hoy con Rusia, aunque admire a Tolstoi y a Dostoevsky, dos eternos gigantes eslavos.

Contra mi bisabuela, quizá, digo que a mí no me gustan los hombres fuertes, mucho menos los bullys. Quizá sea porque no me siento huérfano de nadie. Y en parte, lo sé, es gracias a ella.