El amor no es transaccional

El amor no es transaccional

El amor, cuando es real, es algo así como un estado alterado de conciencia. No te deja dormir. Te hace cantar sin razón. Te recuerda poemas. Te regresa a la vida en sus detalles más insignificantes y te invita a entregarte, sin esperar nada a cambio. No hay quizá sentimiento más gozoso.

Jacques Lacan sostuvo que el goce no es sólo el simple placer, sino una sabia mezcla de placer y dolor. Pero Lacan no conocía el verdadero significado de la palabra felicidad, tal como se la escuché en una memorable conferencia al querido maestro Francisco Paco Prieto: la dosis exacta de alegría y tristeza juntas. Desde entonces entendí el goce sin necesidad de leer a Lacan.

Pero hay un libro, cuyo título regresa al mismo tema: El goce (Siglo XXI editores), de nestor Braunstein, y su portada es magnífica: muestra un chile. ¿Por qué disfrutamos del picante, si es un condimento que en suma nos provoca dolor y un mal rato? Eso es lo que sería el goce: algo que duele pero que disfrutamos. Igual pasa con el amor.

Por eso el amor, cuando es verdadero amor, no puede ser transaccional.

El goce, de Nestor Braunstein.

El amor no se reduce a una cuenta de banco ni a un haberes y deberes.

Y entonces recuerdo Rojo y negro, la novela gigante de Stendhal, con su Julien Sorel, su señora Rênal y su Mathilde. Quizá ninguna novela en el s.XIX marcó tanto el rumbo de la literatura como esa obra maestra e imperfecta de Henri Beyle. Quizá tampoco ninguna novela expresa tan plenamente el espíritu romántico de principios del diecinueve.

En otras épocas, en otros momentos, el amor será entendido (contado, inventado) de otras maneras. Nuestra dura época lo quiere transaccional y así lo exige incluso nuestra estúpida sociedad.

Yo, humildemente, protesto.

El rojo y el negro

Y recuerdo aquí eso que algunos llaman “amor incondicional”. Recuerdo otro amor: el amor de mis perros, de Kira y Aslan. Cachorritos y pequeños, los tuve que procurar, cuidándolos de que no resbalaran por las escaleras, vigilando su sueño y su dieta. Bastaron un par de meses para que empezaran a devolverme mi propio cariño por el 1,000% cada día. El amor no es transaccional y esa realidad se manifiesta de muchas maneras.

Borges, el enorme escritor argentino —y creo que el mayor escritor en lengua castellana de los últimos 400 años—, ya al final de su vida, se lamentó de no haber sido feliz:

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz…

Tras 65 años de arrastrar mis pies sobre esta Tierra, creo que la vida en general puede entenderse, básicamente, de dos maneras: o bien sumas y restas y calculas, o bien te entregas y estás dispuesto a perderte en el Laberinto. Ambas formas son igualmente válidas, pero el amor (creo) sólo existe en una de las dos variantes.

Quien se enamora y ama, está dispuesto a perderse, corre riesgos y no calcula (ni suma ni resta) y casi siempre pierde (pero gana).

Por eso, para “normalizarlo”, nuestra sociedad ha hecho del amor una industria, quitándole filo y relevancia, haciéndolo anodino en telenovelas, fotonovelas, películas, literatura barata y de fácil consumo, memes, stickers, pornografía y todo producto de consumo fácil, inmediato… pero nunca nada que advierta del Laberinto que es el amor como en Rojo y negro..

La historia del pensamiento, de acuerdo con Ramón Xirau (en su inmensa Introducción a la Historia de la Filosofía), comenzó acaso en Creta, con la leyenda de dos enamorados: Ariadna y Teseo, quien sacrifica al Minotauro (hijo de Pasifae y medio hermano de la propia Ariadna) y que fue condenado por el rey Minos a vivir en el centro de un Laberinto.

El pensamiento, desde entonces, exige el sacrificio ya no de muchachas vírgenes sino del Misterio y por eso el amor se ha vuelto más y más descaradamente transaccional: te doy y me das, te llevo y me llevas, te compro y me compras —se trata de un intercambio.

Conozco muchas historias felices sobre esa línea. Pero ninguna se le parece a Rojo y negro.

El amor y la poesía, advirtió Octavio Paz, hace 50 años , son siempre marginales.