Pelota muerta (fragmento)
UNO
La playa estaba casi vacía y la noche era agradable y fresca. Caminábamos sin tocarnos, sin decir palabra, solos bajo la vasta noche incierta. Antes, tras cruzar la calle, elegimos entrar por un andador hecho con tablones de madera y bajamos por él hasta llegar a la arena, gruesa y seca. Ahí, ella se descalzó y, en una breve carrera de pasos cortos y rápidos, corrió hacia la orilla para mojarse los pies desnudos, como lo suelen hacer los niños que se emocionan al ver el mar por primera vez. Detuve mi paso para poder mirarla y grabar en mi memoria su imagen: Florencia.
Recuerdo que llevaba una falda corta de mezclilla, que dejaba ver sus piernas hasta la mitad de los muslos, una blusa suelta de algodón blanco, lisa, sin cuello, un collar con media docena de perlas muy pequeñas, engarzadas entre sí por una cadena de oro, y sandalias delgadas y cafés, de piel dura, como huaraches. Se veía perfecta y simple, vacía de complementos inútiles.
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Me senté sobre la arena, esperándola, muy cerca del carrizal de barrones que ocultaban las luces y un buen trecho de la calle y que amortiguaban algo del bullicio de los turistas. Por un momento, la luna se reflejó brevemente sobre el mar y ella quedó envuelta en un resplandor intenso que la ocultó. La vi, como si se tratara de un regalo brillante e inesperado. La pude ver ahí, en esa playa, cuando levantó las manos, como liberada, y la recordé, varios meses atrás, bailando suavemente al compás de Simply Red, “Holding Back the Years”…
Ella regresó, divertida por su gesto infantil y, creo, un poco borracha aún. Se sentó junto a mí sobre la arena áspera, con las rodillas en alto, los talones pegados a las nalgas, y permanecimos callados, sin saber qué decirnos. Tomé un puño de arena y la dejé caer lentamente sobre la punta de sus pies, pretendiendo ocultar sus dedos, poco a poco, bajo los granos dorados. Ella me sonrió y tomó mis manos entre las suyas.
—Te quiero —le dije.
Me soltó, levantó la cara y fijó su vista en algún punto lejano. Nubes blancas, grises y negras se desplazaban por lo alto, lejanas y lentas, y el agua y el cielo se mezclaban como en una misma plasta oscura e informe. Un rayo iluminó brevemente el horizonte, reflejándose al caer sobre el mar de acero, dejándonos distinguir los distintos nubarrones de la tempestad.
—Va a llover —me advirtió, cuando al fin escuchamos el trueno distante.
—No —le respondí—, esa tormenta aún está muy lejos. El amanecer llegará antes y la dispersará. Aquí hoy no lloverá… Ven, déjame abrazarte.
…y la jalé por la cintura, acercándola para sentir sus caderas pegadas a las mías, nuestras ropas inflamadas por la brisa marina.
—Es muy complicado… De verdad, estoy muy complicada…
Hizo una pausa. Apoyó su cabeza en mi hombro y casi de inmediato se separó de mí.
—Perdón, igual no he sido clara contigo… pero es que mi vida… mi vida es un desmadre… no sé ni lo que quiero…
—Yo te quiero —le repetí.
A la distancia se oía el rumor del mar, rompiendo su quedo avance contra la arena. Insólito: un niño, todo risas, pasó a esa hora corriendo sobre la orilla, rompiendo la estela de agua, justo al filo de las olas que se descargaban en voz baja frente a donde estábamos sentados, sus padres siguiéndolo a la distancia.
—Yo también te quiero. Te quiero mucho —me respondió, al fin.
Y entonces me miró con sus ojos cafés y tristes, de largas pestañas lacias, como intentando sonreírme sólo a mí. Toqué apenas su mejilla con ternura, con mi mano abierta, y me acerqué más a ella…
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