Fantasmas
México —esta realidad irreal, esta abstracción, este invento de unos insensatos que creyeron en sus propios delirios— es un país de fantasmas.
¿Cómo?, van a preguntarse algunos. ¿Cómo, si éste es un país tropical, en el que abunda el sol y la luz nunca desaparece? ¡Aquí no hay espacio para los fantasmas!
Creo, precisamente, que la mejor hora para que aparezcan los fantasmas es el mediodía, no la medianoche. Pero al margen de ello, acudo a algunos ejemplos literarios para mostrar que, lejos de proyectar presencia, este territorio que habitamos está repleto de fantasmas. Y comienzo con nuestra preclara madre literaria: Inés Ramírez, Juana de Asbaje, Sor Juana Inés de la Cruz.
Sombras
Reproduzco un famoso poema de la monja jerónima, antes de comentarlo.
«Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrechoque tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.»
En su poema, Juana Inés interpela a una “sombra” y el resto del desarrollo del texto alude a formas “fantásticas”, sólo presentes en la imaginación. La sombra es atrapada y encarcelada en una fantasía.
Sor Juana conoció de cerca los fantasmas.
Rosario
El “Nocturno a Rosario” es un poema escrito por una fantasma: un hombre ya muerto desde el momento en que (en mala hora) se enamoró de una mujer casada.
Ubiquemos el momento: inicios de la década de los 70s del siglo XIX en un México “laico” pero profundamente católico; un hombre muy joven, nacido en la remota Saltillo, Coahuila, estudiante de medicina y de recursos económicos muy limitados; un país que a duras penas se repone del TTT (el tremendo trauma tejano, como lo llamó Carlos Fuentes) y busca cobijo en la figura del hombre fuerte: Porfirio Díaz.
Es entonces que Acuña le escribe sus versos a una mujer imposible, inalcanzable… un fantasma, muy parecido a la “sombra de mi bien esquivo” de Sor Juana.
El hijo muerto
Pocos cuentos, muy pocos, en la literatura universal —porque, aclaremos, la obra de Juan Rulfo le pertenece a todo el mundo— son tan contundentes, tan absolutos y nos desarman tanto como “No oyes ladrar los perros”.
Este cuento de Rulfo es un largo diálogo de un Padre que le habla a su Hijo muerto: el diálogo ¿de un fantasma? (Lacan) con otro fantasma.
Y Rulfo no se quedó ahí: Pedro Páramo, ese monumento literario inmenso, es (bien vista) una novela toda de fantasmas, pues todos ahí están muertos (incluso quizá el narrador) y las palabras nos llegan desde la ultratumbra —la letra escrita como testimonio de los muertos.
Baby HP
Toda la obra de Juan José Arreola puede resumirse en su brevísimo “Cuento de horror”, que va así:
La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.
Puedo citar aquí también el célebre mini-relato de Augusto Tito Monterroso del dinosaurio.
Pero para mí, este cuento de Arreola es magistral, no sólo por lo que encierra o por su brevedad, sino porque justamente menciona la palabra “fantasma”, el tema de esta reflexión que podría apuntar hacia un Villaurrutia y a sus nocturnos, sólo para insistir, señalar y fijar el caso: antes de ser el lugar del Sol, México es un país de fantasmas.
Máscaras
Menciono el último caso que me brinca en la memoria: Carlos Fuentes y sus días enmascarados, su Tlactocatzine en Flandes, su Aura y su Terra Nostra…
Carlos Fuentes comprendió bien que México era una realidad irreal (como un fantasma), pero en la misma medida era un peso terrible y difícil de soportar. Quizá es por eso que el verbo que mejor nos define en nuestra actitud vital es “aguantar”.
Mi fantasma
Hace muchos años escribí este no muy breve y creo muy torpe cuento, que como todo relato breve me cayó encima y de pronto. Se publicó en el suplemento “El Búho”, del diario Excélsior, hacia 1986.
Destinos
Aún no salía el sol cuando empacaste tus cosas y te marchaste. Desde la ventana te mire salir, mientras en toda la casa resonaba tu ultimo portazo. En realidad tú no me dejaste; encarnado en ti, poco a poco, el amor mismo me abandonó. Estuve recargado sobre el pretil de la ventana, quise llorar. Busqué una máscara que le diera a mi rostro el gesto necesario en ese momento. Y mis manos no lograron abrir la ventana, mi voz no gritó para que te detuvieras. Escuché unos pasos: alguien idéntico a mi se preparaba para ir a su trabajo, como si nada le hubiera pasado. Y yo desaparecí a esa hora del amanecer, igual que todos los fantasmas.
Hechizo
Haunted es un adjetivo en inglés imposible de traducir al castellano. Se le puede nombrar como “embrujado” o “encantado”, pero ninguno de estos adverbios sugiere la delicada realidad a la que apunta el término en la lengua inglesa.
Uno acaso vive embrujado o encantado por un amor, por un recuerdo, por cierto aroma o tacto, por una presencia, por una melodía, por un leve sonido lejano, por un color, por el tono rosado de un atardecer que se refleja sobre las fachadas de casas, piedras o bosques. Pero ni embrujar ni encantar reflejan el sentimiento de estar siendo perseguido por algo. Porque haunted está asociado a hunt, cazar.
Un embrujo o un encanto te persigue cual animal de caza.
El gran Norman Maclean cierra su estupenda novela corta, A River Runs Through It, con esta frase contundente:
“I am haunted by waters”.
Nuestro gigante Francisco de Quevedo le respondería: “Nada me desengaña / El mundo me ha hechizado”.